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Encontró el secreto arte de las frutas para competir y triunfar…

Rosa Montenegro es artesana y elabora joyería frutal, un oficio que comenzó a realizar tímidamente en 2003 y que con los años se convirtió en la fuente de ingreso familiar.

Para la microempresaria este ha sido un largo camino, y llegar hasta donde hoy se encuentra su negocio no ha sido sencillo.

Por mucho tiempo -recuerda- se dedicó a lavar muebles, sin embargo un problema de salud la obligó a dejar ese trabajo y comenzó a hacer accesorios con madera o ensamblado, “pero era más de lo mismo y cuando llegaron los productos importados de China, fue una competencia dura. 

Por eso me reinventé con esta idea de utilizar las frutas en bisutería, que surgió después de ver en televisión un desfile de modas en Nueva York. Ahí vi a una modelo que llevaba una flor preciosa en la ropa. Al investigar descubrí que era una diseñadora venezolana y que la había hecho con materia prima vegetal”, dijo.

La artesana explica que para realizar el oficio de joyería frutal tuvo que estudiar mucho sobre qué se podía hacer con las cáscaras, semillas y hojas de las frutas.

Ahora que conoce la técnica va a diferentes ferias del agricultor a recolectar la materia prima, como bananos a punto de madurar, coronas de piñas, cáscaras de naranja, semillas de melón… y eso lo utiliza para confeccionar sus joyas. “Una vez que llego a mi casa inicio el proceso de deshidratación de las frutas, que dura 16 días y luego viene el diseño de los accesorios“, menciona.

Rosa dice que con el paso del tiempo ha evolucionado 180 grados, “cuando comencé solo trabajaba con naranjas, pero con los años fui incluyendo muchas otras frutas y he dado un vuelco en colores, diseño, técnica de corte y curado de la cáscara. Además, trabajo con tintes vegetales que hago yo misma”.

Actualmente, la artesana elabora 29 diseños entre los que se encuentran pulseras, collares, anillos, aretes y prendedores. Los productos los comercializa en tiendas de playa, en el aeropuerto, en comercios de Manuel Antonio, Tamarindo y en diversas ferias.

Asegura que lo más especial de su trabajo es la sorpresa, el no saber qué se puede lograr con una cáscara, un trozo de banano o una hoja… “Ni yo misma sé cuál será el resultado. Además es un oficio que va de la mano con el planeta, ya que al año trasformamos un promedio de 7 a 8 toneladas de residuos frutales en joyería“.

 

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